
Nadie puede negar en esta sala que tanto la concentración de la riqueza como la mala distribución del ingreso son caras de una misma moneda: La falta de equidad y justicia social que amenaza la estabilidad social, económica y política de nuestra sociedad.
No puede haber democracia política si no hay democracia económica. Y qué es la democracia en sí, sino la búsqueda del bien común y que los seres humanos se respeten entre sí, se reconozcan poseedores de los mismos derechos y deberes, de las mismas obligaciones y oportunidades, teniendo en consideración las particularidades y potencialidades naturales de cada cual.
Tales ideales, a los que una sociedad que se precia de civilizada debe aspirar, están lejos de cumplirse entre nosotros.
Hace unos días presenciamos dos protestas. Preocupantes ambas. En la primera, del 29 de agosto, hubo una mayoría silenciosa que se recluyó en sus hogares temprano en la tarde. La segunda, la del 11 de septiembre, se desarrolló básicamente en sectores populares y de clase media baja, donde hubo hechos de violencia inusitados, que muestran una grave fractura social y que por cierto no se remediará con la mera represión.
Hay áreas de la capital donde la delincuencia y el narcotráfico han superado a las fuerzas de orden, Carabineros está al límite de sus fuerzas y hemos llegado a ello porque como sociedad no brindamos oportunidades reales de desarrollo y progreso.
Esa mayoría silenciosa a que aludí en relación a la protesta de agosto, es la clase media chilena, gente de orden que no está dispuesta a mezclarse con quienes buscan radicalizar el proceso. Ellos miran aún con esperanza una fórmula que pueda poner al hombre como el centro del quehacer económico, social y político.
Son aquellos que ante un capitalismo triunfante no están dispuestos a que la soberbia de su victoria llamada neoliberalismo, justifique el renacimiento de fórmulas neomarxistas o populismos irresponsables.
Esos chilenos y chilenas esperan que haya una reacción a tiempo y creo que ésta sesión del Senado puede ser un gran paso en tal sentido.
El otro hecho trascendente que condiciona esta sesión fue el debate que se produjo a partir de las declaraciones del Obispo Goic y sobre dicho punto quisiera detenerme un segundo. Valoro como el que más los dichos de este pastor, pero también quiero reconocer el aporte que tuvo, para que este debate se instale, las declaraciones de la senadora Evelyn Matthei; al punto que la Presidenta nombró una comisión ad-hoc para abordar el tema.
Para algunos el que monseñor Goic haya dado una cifra determinada fue un error, es más, hubo dirigentes empresariales que derechamente le pidieron silencio. Creo que ellos no tienen ninguna autoridad para pretender arrinconar a la Iglesia en las sacristías.
Cosa distinta, estimo, la actitud de la senadora Matthei, a quien se criticó por la forma como abordo los juicios del sacerdote aludido. Creo que en ambos casos debemos apreciar el valor que tuvieron para encarar un tema de suyo difícil. Y reconociéndole toda la autoridad al obispo Goic para abordar la cuestión social, desde el ángulo que él y la Iglesia estimen pertinente, reconozco en la senadora Matthei autenticidad y consecuencia en sus dichos.
EL problema de la inequidad ya había sido abordado antes por el Cardenal Errázuriz en una homilía y por varios senadores en distintas ocasiones, los colegas Allamand, Avila, Navarro, Flores y Longueira con quienes hemos coincidido en varios proyectos de índole económico-social, y no había existido una reacción como la actual.
Mi propia experiencia al respecto era negativa. En la pasada elección presidencial hicimos el eje de nuestro discurso la necesidad de corregir el modelo, decíamos que esperábamos que éste fuera un nuevo gobierno porque durante el anterior se había dado la mayor concentración de la riqueza.
La mala distribución del ingreso
Por ello deseo entrar de lleno en la materia. La concentración de la riqueza y la mala distribución de los ingresos en Chile no es algo nuevo y nadie puede pretender alzarse con la bandera de la justicia social y apuntar con el dedo a los demás.
Desde la época de la Colonia que este flagelo existe y como no pretendo hacer un recorrido histórico usaré unas cuantas pinceladas para demostrar lo que afirmo. La tasa de Santillán tuvo por objeto corregir la inequidad de los conquistadores contra los nativos, la crisis del 91 con Balmaceda al término del Siglo XIX tuvo ahí parte de su origen, la cuestión social que emerge en los inicios del Siglo XX y que se expresará a lo largo de todos sus años, teniendo momentos álgidos en los años 30 y que alcanzará el carácter de tragedia en 1973.
Para comprender a fondo el problema quiero referirme de manera especial a la segunda mitad del siglo recién pasado. Durante ese lapso Chile –como si fuera un enorme laboratorio social- tuvo gobiernos de todos los signos ideológicos conocidos y cada uno de ellos intentaron, desde sus visiones, terminar con la inequidad, la mala distribución del ingreso y la concentración de la riqueza.
Los radicales enfrentaron el problema desde un ángulo que sigue teniendo plena vigencia la educación, sin embargo no fue suficiente y debieron soportar una compleja realidad internacional. La derecha con Jorge Alessandri tiene conciencia del problema y lo aborda tímidamente con su intento de reforma agraria, limitado por su frágil soporte político.
Los demócratas cristianos, que surgíamos como una alternativa a la izquierda y la derecha fuimos prisioneros de la confrontación ideológica ya desatada a nivel mundial y si bien avanzamos, para unos hicimos muy poco, para los otros avanzamos demasiado.
Impulsamos la justicia social a través de la reforma agraria y de la promoción popular. Fue un esfuerzo serio por revertir el estado de cosas existente. Lo concreto es que intentamos achicar la brecha, pero pese a todo siguió abierta.
La izquierda presa de sus dichos y consignas revolucionarias buscó la equidad total, que por cierto lleva a la paralización de cualquier sociedad, y perdió el control del proceso con las consecuencias de todos conocida.
El sector de la derecha que copa ideológicamente al gobierno militar, tras el golpe de Estado, se va al otro extremo, a una verdadera contrarrevolución, y recurre al modelo capitalista más ortodoxo, donde la equidad estará dada por el chorreo. Está claro que tampoco funcionó.
En todos y cada uno de los casos reseñados el problema de fondo se mantuvo.
La CEPAL en su informe del sexenio chileno 1942 – 1948 nos demuestra con las crudas estadísticas que la mala distribución del ingreso, y por extensión la concentración de la riqueza, son un mal endémico.
El primer quintil (donde el primero de los cinco reúne a la población de menores ingresos) recibía, el año 1942, el dos coma tres por ciento (2,3%). Ese mismo primer quintil en 1948 recibía el mismo dos coma tres por ciento (2,3%).
En tanto el quinto quintil (o sea los de mayores ingresos) recibía en 1942 el cincuenta y cinco coma ocho por ciento ( 55,8 %). Pues bien ese mismo quinto quintil seis años después, en 1948, aumentaba sus ingresos y llegaba a obtener del total del ingreso del país el cincuenta y seis coma ocho por ciento (56,8%).
El problema se mantendrá en el tiempo y si nos saltamos cuarenta años veremos que la cosa sigue igual. Para hacerlo recurrimos también a una medición por quintiles. Pero en este caso del Departamento de Economía de la Universidad de Chile, referido a la distribución del ingreso familiar por persona en el gran Santiago 1957-2005.
En este caso el primer quintil registra en 1987 un dos coma siete por ciento (2,7%) de los ingresos. Dieciocho años después en 2005 el mismo primer quintil sólo logra captar el tres coma siete por ciento de los ingresos.
Por su parte el quinto quintil el año 1987 obtenía el sesenta y cinco coma cuatro por ciento (65,4%) de los ingresos. Y en 2005 este mismo quintil, que contiene a los sectores más acomodados obtenía el sesenta coma uno por ciento (60,1%) de los ingresos.
Un dato de dulce y agraz es que en 1973, según este estudio los porcentajes aumentan para el primer quintil y disminuyen para el quinto. El problema, para algunos analistas, es que al forzar la distribución del ingreso, siendo minoría y sin consenso político, como ocurrió durante la Unidad Popular, se corre el riesgo de graves trastornos políticos y sociales como sucedió en definitiva.

La última medición, de esta naturaleza, según información consignada por el diario especializado Estrategia es que el primer quintil recibió dos coma siete por ciento del total de los ingresos en tanto el quinto quintil llegaba a capturar el sesenta y cuatro por ciento de los ingresos. O sea tras sesenta años, estimados senadores, ¡sesenta años! estamos iguales… cuando no peor.
Colegas del Senado acabamos de conocer los datos de la encuesta Casen 2006 y créanme reafirma dramáticamente esta tendencia histórica. La diferencia en el ingreso autónomo mensual por hogar es de 52 coma 5 veces entre el primer decil y el décimo.
Eso significa que en el tramo de los más pobres el promedio de ingresos por hogar es de 16 mil 841 pesos mensuales, en tanto en el tramo de los más ricos este promedio es de 884 mil 961 pesos al mes.
Si además consideramos que el promedio de ingreso mensual, hasta el noveno decil, es de 301 mil 240 pesos, apreciaremos que la gran mayoría de nuestros compatriotas llevan una vida muy estrecha y llena de incertidumbres ya que para sobrevivir están llenos de deudas y créditos. Ahí radica sustancialmente la clase media chilena.

De acuerdo a los comentarios de Herman Schwember y Diego Maltrana en su libro “Distribución del Ingreso en Chile”, respecto de que la encuesta CASEN presenta algunas deficiencias para captar con plena exactitud los ingresos de los sectores altos, es probable que las diferencias entre lo que ganan los más pobres y los más ricos sea aún mayores.
Estimados colegas no puedo dejar de enfatizar estas cifras y recordarnos a todos que tras los fríos números y estadísticas hay rostros de compatriotas, de niños, mujeres, ancianos y hombres en plenitud de sus condiciones humillados y denigrados por la falta de oportunidades o por las desigualdades a que los sometemos a ellos y sus hijos. Lo más graves es que esto se arrastra por generaciones y si no hacemos algo pesará sobre nuestras conciencias que sigan su misma suerte la actual generación y las próximas.
Para graficar lo anterior quiero recordarles a dos autores, que como dice Humberto Vega recogió ese clamor por justicia social de nuestro pueblo que como letanía entona desde fines del Siglo XIX. Ellos lo hacen a mediados del Siglo XX. Son Jorge Ahumada con su libro “En vez de la miseria” y el economista Aníbal Pinto Santa Cruz con su obra “Chile: un caso de desarrollo frustrado”.
Ambos fueron crudos en sus diagnósticos y constructivos en sus propuestas. Es obvio que no fueron escuchados, o que sus ideas no fue posible llevarlas a la práctica.
Pero hubo una voz que se alzó antes que ellos, dura, demandante y sin complejos. En 1947 el entonces cura y hoy Santo, Alberto Hurtado, con voz profética fustigaba la concentración de la riqueza y la mala distribución del ingreso. Igual como hoy, con el obispo Goic, algunos dirigentes de la época intentaron acallarlo.
“Enorme es el escándalo –decía- de quienes ven gozar a un sector de la sociedad de todas las delicias de la vida, mientras ellos carecen de todo. Es horrible el contraste entre quienes nadan en la abundancia y quienes se ahogan en la desesperación de la indigencia. Esto va enconando día a día los ánimos. Por ello, subversivo es hacer la revolución y más subversivo aún es provocarla”.
Que visionario fue entonces, veintiséis años después la peor crisis social y política chilena del Siglo XX le daría dolorosamente la razón. Y atención que hoy su denuncia tiene, una vez más, plena vigencia. Abramos no nuestros oídos a sus palabras sino nuestros corazones. No podemos volver a equivocarnos.
Alguien de la Concertación, podrá reclamar y decir que nuestros gobiernos han tenido una decidida política de subsidios sociales focalizados a los deciles de menos ingresos, lo cual ha paleado la mala distribución del ingreso y que hemos disminuido la pobreza de un 38,6% que había el año 1990 a un 13,7% el año 2006. Todo eso es cierto y sin duda que es un gran logro, pero seamos claros eso no cambia el problema que estamos denunciando y menos aún las soluciones de fondo que se necesitan.
Me hago cargo de aquello pero sólo para decir que lo peor es justificarnos y no asumir nuestra cuota de responsabilidad. Sólo así le podremos pedir a todo el espectro político, a los grandes empresarios, a los consorcios trasnacionales que operan en Chile, que debemos, que necesitamos, tener un país de verdad, no una especie de país.
Es positivo lo hecho pero no es suficiente, ya que no puedo dejar de advertir que la línea de pobreza a noviembre del año 2000, era de cuarenta mil quinientos sesenta y dos pesos ($40.562) en las zonas urbanas y de veinte y siete mil trescientos cuarenta y nueve pesos ($27.349) en el campo.
O sea me van a decir que esos chilenos y chilenas, por haber logrado superar dicha línea, y para eso supongamos que ahora ganan el doble, ochenta mil peses mensuales, dejaron atrás la miseria y tienen oportunidades reales para ellos y sus hijos.
Es que acaso no estamos conscientes que en la propia administración pública tenemos ingresos que están por bajo el llamado sueldo ético. O acaso los problemas más graves con los subcontratistas no lo han tenido empresas estatales.
No podemos estar satisfechos ninguno de los que estamos en esta sala cuando advertimos de acuerdo a datos del INE y de la Superintendencia de Seguridad Social que las remuneraciones mínimas pagadas a los trabajadores de 1990 a 2006 siguen siendo vergonzosas. A junio-diciembre del 90 era de cincuenta y tres mil sesenta y seis pesos ($53.066). A julio-diciembre de 2006 es de ciento seis mil cuatrocientos cincuenta y seis pesos ($106.456).
Si consideramos que la inflación acumulada de 1991 al 2006, según el INE, es de noventa y cuatro coma cinco por ciento (94,5%) dicho ingreso prácticamente se mantuvo inalterable.

No puedo al abordar este punto dejar de mencionar una reflexión de José Valenzuela, citado en “Distribución del Ingreso en Chile”: “Una sociedad en que la gran mayoría de la población tuviera ingresos que les permitiera satisfacer muy bien las necesidades básicas pero no las de realización personal, no sería una sociedad exitosa, sino una sociedad poco menos que de esclavos, aunque esclavos bien alimentados”.
La concentración de la riqueza no es culpa de los empresarios.
Me referiré a tres casos que los considero significativos. Pero lo primero que deseo aclarar es que mi postura no es contra algo o alguien, es mirando el bien común, pensando en los consumidores y el destino de miles de pequeños empresarios que terminan siendo arrasados por estas grandes multitiendas, además de los graves problemas y abusos que se generan con los medianos y pequeños empresarios que son sus proveedores.
No puede ser que hoy millones de chilenos terminan prisioneros de los créditos de estas mega tiendas, donde más que ganar por la venta de artículos la utilidad está dada por los intereses que pagan al usar sus tarjetas, verdaderas herederas de las fichas que usaban las pulperías de las salitreras.
Con la única diferencia, que aquellas tenían literalmente prisioneros y esclavizados a sus trabajadores, y ahora estas grandes cadenas comerciales tienen cautivos a varios millones de consumidores. Las tarjetas de plástico son las fichas de pago del siglo XXI.
A junio de este año los créditos otorgados con las tarjetas de las multitiendas ascendían a tres mil treinta siete millones de dólares (U$ 3.037), en tanto las tarjetas de crédito de los bancos sólo llegaban a mil ochenta y dos millones de dólares (U$ 1.082).
La participación de D & S en el mercado del retail -considerando empresas con ventas superiores a US $ 10 millones- asciende a 19,0 % y la de Falabella a 25,8 %, con lo cual tendrían un 44,8 % de dicho mercado.
De concretarse esta fusión, quedarían sólo dos grandes empresas - las dos ya nombradas y Cencosud que aporta un 29,1 %- con lo cual concentrarían un 73,9 % del mercado. Un paso más en esta cadena de fusiones y el mercado podría quedar -prácticamente- en una sola mano.
Para formarse una idea de la real dimensión de lo que esta concentración significa para nuestro país, solo se debe tener en consideración que Wallmart, la mayor cadena comercial norteamericana, representa el 2,6 del PIB de los Estados Unidos; mientras que Falabella y Líder de permitirse su fusión serían el 5,3% del PIB chileno, es decir más del doble de su par norteamericano.
Al aprobarse la fusión de Líder y Falabella y seguir esta loca carrera sin control y regulación en el comercio, significará que a la vuelta de la esquina desaparecerán miles de pequeños, medianos y grandes empresarios, terminándose con toda clase de competencia. Se exprimirá a los proveedores y por último, se cobrarán intereses exorbitantes a los consumidores. En suma, se llevará a efecto la más brutal exacción monopólica y todo ello con el beneplácito del gobierno y también de nosotros.
Concentración económica de las ventas y el crédito
De acuerdo a información del Servicio de Impuestos Internos respecto de las ventas según el tamaño de las empresas entre los años 1998 y 2005, se puede advertir la concentración y cómo el proceso puede terminar incluso con los que hoy se consideran grandes.
Del cuadro sólo me referiré a algunas medianas, algunas grandes y las mega. Las medianas que vendían entre 25 mil y 50 mil UF en 1998 tenían el cuatro coma noventa y nueve (4.99%) de las ventas. Las mismas, pero en el año 2005 tienen sólo el tres coma cincuenta (3.50%) de las ventas.
Las empresas grandes que venden entre 200 mil y 600 mil UF tenían en 1998 un once coma cuarenta y cinco por ciento (11,45%) de las ventas. Estas mismas empresas en el año 2005 vieron retroceder sus ventas a sólo el nueve coma cuarenta por ciento (9.40%) del mercado nacional.
Sin embargo las mega, o sea aquellas empresas que venden más de 1 millón de UF pasaron de tener el cuarenta y nueve coma cuarenta y ocho por ciento (49.48%) de las ventas en 1998, a aumentar dicho porcentaje al sesenta y dos coma cincuenta y dos por ciento de dicho mercado (62,52%) al 2005.
El 3% de las empresas controlan el 87% de todas las ventas efectuadas en el país.

Otro dato ilustrativo es el destino final del crédito, antes del año 2000 la pequeña y mediana empresa representaba el 34% de las colocaciones bancarias; hoy suman menos de la mitad. Antes este sector significaba el 24% de la economía, hoy se empinan apenas al 15%.
El 80% del crédito bancario es usado por el 1,4% de quienes operan el sistema financiero.
Que mejor evidencia de la concentración y de la dinámica que ésta adquiere cuando no hay control sobre estos procesos.
La concentración bancaria
El otro caso relevante de concentración es la bancaria y específicamente lo que significaría el eventual ingreso de la banca al negocio de las administradoras de fondos de pensiones. Sin perjuicio de lo negativo que esto de paso representa tanto para la seguridad de los fondos de nuestros trabajadores como para la rentabilidad de sus pensiones.
En efecto, si la banca llegase a manejar los fondos de los trabajadores todo el mercado de capitales, es decir más de 250 mil millones de dólares serían controlados por 4 o 5 personas y además no habría competencia en la industria previsional.
Los fondos que actualmente ascienden a casi 100 mil millones de dólares dejarían de ser manejados solo en función de los intereses previsionales, con todo el riesgo que ello implica, tanto para el orden público económico como para la tranquilidad de los trabajadores en el período más sensible y de mayor fragilidad en sus vidas.
La rentabilidad que hoy día obtiene el sector bancario en nuestro país supera holgadamente el promedio del sistema a nivel mundial y se concentra fundamentalmente en tres bancos que controlan la mitad de estas colocaciones y tienen un 67% de la utilidad total con rentabilidades promedio superiores al 20%. Sus utilidades, el año 2006, superaron los 1.600 millones de dólares.
Supongamos que los bancos accedieran a la propiedad de las AFP, eso significaría que controlarían el mercado de capitales casi en un 75%. O sea, decidirían cómo y para qué se usarían 3 de cada 4 pesos en el país.
En consecuencia, no vemos razón alguna para el ingreso de la banca al sistema previsional. Es mucho más sano que la banca se dedique a sus propios negocios y las AFP a los suyos en forma separada, tanto por los intereses de la economía general como por los intereses de los trabajadores en particular.
La actual concentración bancaria ya es peligrosa y si a esto se agrega el control de los fondos previsionales, prácticamente no se decidirá nada importante en Chile en todo orden de cosas, no sólo en lo económico, que no pase por la voluntad e intereses, reitero, de muy pocas personas.
Los desafíos.
¿Por qué hemos llegado a este estado de cosas en nuestro país?
Una conclusión fácil sería echarles la culpa de esto a los empresarios y eso no es así. Ellos han actuado dentro de las reglas del juego que existen.
Aquí hemos fallado nosotros, los políticos y por cierto quienes han gobernado. No hemos tenido una actitud crítica sobre la forma como se ha aplicado el modelo económico.
Esta es nuestra realidad, lo honesto es reconocerla y no evadirla. Esta responsabilidad es de todos los actores públicos y privados de ahora y de ayer.
Es imprescindible tomar conciencia que de seguir la concentración de la riqueza y la mala distribución del ingreso no nos permitirá apostar a ésta ni a las próximas generaciones.
Una buena distribución del ingreso que a la vez permita la necesaria generación de riqueza pasa por un compromiso político, social, moral y económico de todos quienes conformamos la sociedad. La historia nos apunta acusadoramente con su dedo.
Cambiar esto ahora pasa por revisar y corregir de manera seria, técnica y desideologizada la actual estructura tributaria. Pero, como contrapartida, una revisión estricta a las actuales asignaciones presupuestarias y un control draconiano en el uso de los recursos fiscales.
Para superarlo proponemos mirar al futuro y dejar atrás los hechos del pasado que nos separan, para superar el desafío histórico de esta grave fractura social.
Para nadie es un misterio la globalización y sus consecuencias, pero aceptemos que en esto fuimos ingenuos. Nos embarcamos en cuanto acuerdo comercial se nos puso por delante sin advertir que ello podría generarle problemas a miles y miles de pequeños, medianos y ahora, incluso, grandes empresarios chilenos.
Estoy de acuerdo con que estos son los vientos que soplan y si consideramos que Chile tiene un poco más de 16 millones de habitantes, o sea somos el cero coma veintiséis (0,26%) de la población del mundo y que nuestro PIB equivale al cero como treinta y cinco por ciento del producto mundial (0,35%) es lógico que no podemos ir contra la corriente, pero si podemos tomar resguardos que nos permitan usar nuestras ventajas comparativas.
Creo que la mayor inversión debe ser en capital humano, que pasa por una profunda modificación a todo el sistema educativo, y proponernos pasar a una segunda fase exportadora en aquellas materias primas que tenemos ventajas comparativas con el resto del mundo.
Empresarios y trabajadores deben complementarse en la creación de riqueza. Donde el capital más el esfuerzo humano culminen en una justa distribución de las ganancias obtenidas, partiendo del principio que primero se debe crecer para luego distribuir justamente. Debe premiarse e incentivarse el esfuerzo personal.
Chile debe crecer para todos, es de todos.
Necesitamos miles de emprendedores y creadores a todo nivel, a lo largo de todo el país, desarrollando sus aptitudes con responsabilidad y en armonía con los trabajadores y el medio ambiente.
Debemos tener una economía de pleno empleo, donde el trabajo de unos sea la garantía del trabajo de otros.
Y considerar lo que dijo el Premio Nobel de Economía, Amartya Sen: “…en el libre mercado, no hay competitividad debido a la existencia de la exclusión social de los marginados del mercado”.
En eso el Estado debe asumir un rol activo. Es fundamental que el Estado actúe y lo haga conforme a nuestra realidad, debe ser un factor de ayuda, para que todos los que estén en condiciones de crear riqueza pasen a hacerlo en plenitud.
Es urgente renegociar la deuda bancaria y previsional de la micro y pequeña empresa, y condonar por la deuda fiscal. Pero junto a ello crear y mantener las condiciones para que éstas tengan un mercado interno donde colocar sus productos; no podemos seguir nosotros subsidiando el empleo de otras naciones. Es urgente que Chile entero vuelva a funcionar en plenitud. Estimulemos a las grandes empresas y apoyemos decididamente a los pequeños y medianos para que vuelvan a producir.
Creo que este debate en el Congreso Nacional, como en la Comisión de Equidad formada por Su Excelencia, la Presidenta, apunta al meollo del problema de Chile y debemos darle una oportunidad real de éxito, para eso partamos por abrirnos a un diálogo sincero entre nosotros donde el único objeto sea el bien de Chile y de su gente.
Lo ético y lo técnico pueden y deben ser compatibles.
No quisiera terminar sin hacer una reflexión sobre lo técnico y lo ético que ha marcado el debate a que aludí en un comienzo.
Quisiera recordarles a los instauradores del modelo, en su versión original y ortodoxa, y a varios de los nuestros que ahora lo justifican y matizan, que ellos lo avalan técnicamente colocando al mercado como el gran factor de decisión y de sabia distribución, gracias dicen, a la mano invisible de la que habló Adam Smith en su libro “La Riqueza de las Naciones”.
Debo señalarles que este sabio escocés que, antes que economista era filósofo, en ese mismo texto habla de la importancia de la mano visible del Estado para corregir.
Es más, hay un párrafo que escribió Smith, en 1759, diecisiete años antes de escribir “Riqueza de las Naciones”, al iniciar su libro “Teoría de los Sentimientos Morales”, el cual estimaba como su mayor obra.
Creo que nos puede iluminar e inspirar a todos para el desafío que tenemos como nación.
“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla”.
Valparaíso, 9 de octubre de 2007.












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