(Sesión 48ª del Senado, Septiembre 5 de 2007)
Señor Presidente, hace unos días tuve la oportunidad de leer en el diario “El País” un artículo excelente que comentaba algunas de las actuaciones políticas de Sarkozy. No se trata precisamente de un demagogo ni de un populista, y espero que en eso haya acuerdo. Es un hombre que está revolucionando la política en Europa y en el mundo; ha tenido aciertos que comparto a plenitud.
Por eso me animo quizás a hacer algunos comentarios, ya que, después de leer sobre Sarkozy, por lo menos hay algo en que vamos a estar de acuerdo: él sostiene que el banco central europeo es independiente y que, por consiguiente, se le pueden formular críticas.
Y en base a ese comentario, también acá en Chile existe un instituto emisor que, así se dice, es legalmente independiente. Y a mi entender, no solo le podemos hacer comentarios, sino que algunas críticas. Y no se debe entender con ello que nos estamos apartando de la institucionalidad, ni nada por el estilo. Además, sus miembros son personas -profesionalmente hablando- de gran solvencia, de gran capacidad. Pero, sobre todo, se trata de demócratas. Y considero que van a mirar estas apreciaciones y las tendrán que tomar en el buen sentido y como una contribución.
Y quiero decir que vamos a hablar de política, porque ese es el fondo del asunto. El Presidente del Banco Central viene aquí a realizar una exposición económica, pero que también es política. O sea, él entrega una apreciación de la institución que le corresponde presidir. Y realiza acá una presentación que nosotros tenemos que mirar desde nuestro punto de vista.
En ese sentido, creo que ha sido muy importante también que hoy día en el país se acepte que la Iglesia Católica, a través de Monseñor Goic, haya expresado -sobre un tema económico, pero además social- una posición como la que planteó, porque me parece que eso, sumado a cosas que otros veníamos haciendo o diciendo, está colocando en primer plano los problemas centrales de la gente, que es lo que nos debe preocupar.
Hay una Senadora que en realidad posee grandes conocimientos económicos. Creo que ella, desde su punto de vista, hizo también una gran contribución. Estimo que ahí se trabó la litis.
Lo importante es que ahora el país está entrando a revisar, como se debe, la forma en que se ha venido aplicando un modelo que, desde mi perspectiva, no da para más, a menos que queramos insistir en una manera de hacerlo y que llevemos a la nación a una situación crítica de la que después todos nos vamos a tener que lamentar.
En este entendido, y viendo así las cosas, comprendo la legislación del Banco Central; comprendo que tiene que tener una atención especial en aquello que la ley le impone. Pero además considero que ha llegado el momento de que la legislación se corrija en este sentido, a fin de que el Banco Central se preocupe de verdad no solo de la inflación, que es trascendente. Por lo demás, en el manejo de la inflación hay una serie de elementos que no puede ni va a controlar. Me refiero a todos los factores externos, y a otros que ocurren en el país, como una simple helada. Y si la inflación adquiere una dimensión no pensada, no por eso podamos sancionar al Banco Central.
Pero queremos también que el instituto emisor se preocupe, por ejemplo, del problema del crecimiento de la nación. Y no entiendo cómo puede sostenerse que no le corresponde, cuando es en la atribución monetaria que tiene donde está todo el problema del crédito, donde está quizás una de las mejores palancas para lograr un crecimiento real en un país.
Y aquí vemos con preocupación que el crecimiento se sigue manteniendo solamente en las grandes empresas.
El otro día leía en la revista Estrategia una información que me dejó extraordinariamente preocupado. El quinto quintil de las grandes empresas de sociedades anónimas representa el 90 por ciento de las ventas del país ¡el quinto quintil!
Entonces, uno dice: “Bueno, aquí hay algo que no anda muy bien. Porque, en realidad, todo el desarrollo basado en las mayores empresas, en especial en las 40 o 50 más grandes, no es una señal de mucha solidez para el país”.
Podremos estar creciendo al 5 o al 6 por ciento, pero de manera peligrosa.
No sé qué va a ocurrir entre nosotros si los precios de los commodities, es decir, nuestras materias primas, caen.
Y acá se ha descuidado a la pequeña y a la microempresas, más bien se las ha aplastado. Hoy día no tienen acceso al crédito. ¡No lo tienen! Y si se les llega a ofrecer uno, es en condiciones tales que les resulta imposible su suscripción.
Sin embargo, dichas empresas son vitales para el desarrollo del país en plenitud y, también, para que haya equidad social, equilibrio, y para la existencia de un sistema democrático más sólido.
Pero de un tiempo a esta parte, no sólo no se ha implementado una política sensata, inteligente, en tal sentido, sino que ha habido un aplastamiento de los pequeños y microempresarios, así como también de la clase media chilena.
Las únicas preocupaciones de los Gobiernos en los últimos años han apuntado, fundamentalmente, a dejar libre a las grandes empresas para su desarrollo pleno, fundando en ello el progreso; y a entregar, como Estado, bienestar a la gente que vive en la extrema pobreza.
Está bien. Pero no es lo único por hacer.
Sobre el particular, se debe tener cuidado, pues por la vía de centrar tanta preocupación en esos ámbitos, muchas veces se ha caído en situaciones políticas claramente repudiables, como buscar un objetivo político condicionando una votación a favor de determinada postura.
Eso no nos parece bien.
Creo que un país puede crecer y desarrollarse con la participación -así debe ocurrir, a mi juicio- de cientos de miles de empresarios. Esa es una verdadera economía social de mercado, y no este remedo que tenemos hoy día, donde cada vez se producen contradicciones mayores incluso dentro de las propias normas sobre políticas de mercado que no se compadecen con la realidad.
Cada día hay menos competencia. Existen dos o tres cadenas farmacéuticas; cuatro o cinco cadenas comerciales grandes, respecto de las cuales ya se dice que deben fusionarse para poder continuar operando.
Es claro que por esa vía vamos cayendo lenta y paulatinamente en una concentración y falta de competencia, que va contra la lógica misma del mercado.
Además, existe abulia de las autoridades para intervenir en el problema. Hay cierto pavor para hacer las cosas. Todo lo contrario a que uno pudo observar, por ejemplo, en Estados Unidos a raíz de la crisis reciente. El Presidente de la República y el Presidente de la Reserva Federal se volcaron a buscar una solución. ¡Aquí no! Se dice que es innecesario, porque el mercado se encarga de arreglar las cosas, y así se está haciendo.
Sin embargo, como al parecer hay abundancia de grandes recursos, se continúa satisfaciendo a los sectores marginados, de extrema pobreza. De esa forma, algunos tranquilizan sus conciencias, y, por cierto, se avanza en cierta forma -hay que reconocerlo- en los problemas de dichos sectores y, también, se asegura el poder político.
Entonces, contra esa forma de hacer las cosas, uno políticamente puede realizar comentarios, reflexiones, o planteamientos, para que en algún momento se tome conciencia y se introduzcan correcciones.
Porque entregar hoy día el crédito nada más que a las personas, olvidándonos de potenciar el crédito en otra dirección, las está llevando a un sobreendeudamiento, el cual es extraordinariamente peligroso. Además, ese crédito es carísimo y causa mayor inflación.
Hoy día en España, Francia o el Reino Unido, se está reaccionando contra esa forma de hacer las cosas. Eso que su producto interno es cuatro o cinco veces superior al nuestro, y lo mismo ocurre en relación a las rentas. O sea, pueden resistir mucho más que nosotros.
La verdad es que aquí estamos entrando en una situación donde se ve claramente la angustia de la gente.
Lo anterior ha posibilitado que se tenga cada vez más poder, que exista mayor concentración. Así ha ocurrido, por ejemplo, en la actividad del retail, que ha desplazado a cientos de miles de pequeños empresarios, porque disponía de crédito para hacerlo. Puede que sus dueños sean muy capaces -no me cabe duda-, pero tenían acceso al crédito.
Por otro lado, dichas empresas expolian a los proveedores pagándoles las facturas a 120 ó 150 días. Y aquí no nos atrevemos, o el Gobierno no se atreve, o el Ministro de Hacienda no se atreve, a cambiar la forma de pagar el IVA para que no sea a 30 días.
En realidad, eso importa un bledo. Lo trascendente es una política como la que se lleva adelante, donde se cumplen con rigor algunas normas desde el punto de vista de la ortodoxia económica, y aún así el asunto es discutible.
Pero, en definitiva, es nuestro pueblo, es nuestra clase media, son nuestros sectores productivos de la micro, pequeña y mediana empresas, los que no sólo no ven solución, sino que no participan y son excluidos. Después, pretendemos hablar de un régimen plenamente desarrollado y nos vanagloriamos de que nuestra economía es reconocida mundialmente, porque respecto de determinados guarismos estamos a la vanguardia.
La verdad, señor Presidente, es que soy uno de los piensan que debe hacerse una corrección de fondo en cuanto a la forma en que se ha venido aplicando el modelo económico.
En mis palabras no hay una crítica a las personas. Muy por el contrario, tengo una alta consideración por los trabajadores que desempeñan funciones públicas en nuestro país y que cumplen abnegadamente sus labores. Pero legítimamente existen diferencias. Además, no se trata solo de un problema económico, sino que de uno de carácter social ya insostenible para muchas personas y políticamente de impredecibles consecuencias. Porque de seguir manejando así las cosas, para mantener el poder, se entrará en un camino que al final concluirá en un estudio de la corrupción, que no es posible sostener en nuestro país.
He dicho.







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